El
bar estaba repleto. Era un día de partido, y no quedaba ni una silla libre.
Todos comentaban las jugadas entre ellos, celebraban los goles, insultaban al
árbitro… Un día de partido como cualquier otro. Pero un hombre en la esquina
parecía no participar en el evento. No celebraba ningún gol. Tampoco se
lamentaba por las acciones del árbitro. Se limitaba a permanecer sentado en una
esquina, bebiendo una cerveza tras otra. De vez en cuando miraba por la
ventana, como esperando a que algo sucediese. Conforme pasaban las horas,
sudaba cada vez más, y se le veía nervioso. Sin embargo, el único cambio que parecía
producirse en el exterior era la llegada de la noche.
Antes
de que se pusiese el sol, y después del último gol del equipo ganador, se
levantó apresurado. Pagó las cervezas y salió al exterior, con el único
propósito de salir de allí cuanto antes. Debía llegar a casa antes de que
anocheciese. Temía lo que podría hacer si no lo conseguía. Lo que la noche le
haría hacer. Se repetía constantemente que él no era así, que no podía hacerlo,
que no quería hacerlo. Tenía que llegar a casa. Caminaba con paso rápido, pero
conforme iba oscureciendo, sus pasos se fueron volviendo más lentos. Su mente
se tornaba confusa. Tal vez si quería. Tal vez debía hacerlo.
Cuando
por fin oscureció había tomado una decisión. Se metió por el primer callejón
que encontró y esperó. Esperó al resguardo de la noche la llegada de alguien.
Después de esperar un rato, apareció un joven, que volvía de ver el partido en
un bar próximo. El hombre siguió esperando. Sacó un cuchillo afilado de su
mochila, y continuó esperando. Cuando el joven estuvo lo suficientemente cerca
se abalanzó sobre él. Pudo ver su mirada de pánico antes de clavarle el
cuchillo en la cara una vez, y otra ver, y otra vez…
Al
día siguiente el hombre despertó y le vino a la mente la pesadilla de la pasada
noche. Ultimamente siempre tenía los mismos sueños extraños. Lo raro era que la
cara de la persona era siempre diferente… Su mente no dejaba de jugarle malas pasadas.
Se levantó y fue al baño para lavarse la cara. En el lavamanos estaba el largo
cuchillo del sueño, cubierto de sangre. Entonces, al igual que el día anterior,
el miedo volvió a apoderarse de él. Miedo de lo que haría cuando volviese a
anochecer.
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